martes, 01 de diciembre de 2020
Biblioteca de Silos. Ordenando

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San Benito.

     San Benito nació en Nursia, en la provincia de Perugia (Italia), una pequeña ciudad todavía hoy amurallada y situada a los pies de los montes Sibilinos, a unos 160 km de Roma. La vida de san Benito nos la narra, con un estilo muy peculiar, el papa san Gregorio Magno en los Diálogos. Tenemos que situarnos a finales del s. V, hacia el año 480, como fecha del nacimiento de Benito y su hermana Escolástica.
     Sabemos que estudió en Roma, en unos momentos críticos en el desmoronamiento del imperio que se había forjado en torno a la Urbe. Ya hacía tiempo que la corte imperial se había trasladado a Constantinopla. El empuje de los pueblos del norte y su asentamiento en lo que quedaba del imperio romano fue constante. Odoacro, y luego Teodorico, establecieron su sede en Roma que, aunque sembrada de ruinas, todavía mantenía en pie impresionantes monumentos testigos de su esplendor. Conoció el cisma en la elección del Papa. Partidos diversos eligieron a Símaco y a Lorenzo. Hubo escenas violentas y bastantes muertes.
     Las escuelas romanas todavía gozaban de fama internacional y atraían estudiantes de todo el mundo conocido. No sabemos exactamente qué estudió Benito, pero por la Regla que escribió se nota que estaba bien formado en literatura y en derecho.
     La sociedad romana venía acarreando de forma acelerada una descomposición interna impresionante. La molicie del desaparecido imperio dejó un pueblo carente de virtudes y de ideales. Los bárbaros se enseñoreaban con toda clase de rapiñas ganadas por las armas. La contribución impuesta por los nuevos reyes hizo que regiones enteras quedaran sin cultivar. Pequeñas industrias y minas confiscadas por el estado dejaron de ser explotadas. La usura agigantó la distancia entre ricos y pobres. El gran espectáculo del circo se había convertido en un grito de hambre. 
     Tras unos años de estudio Benito ya no volvió a casa. Abandonó la ciudad y se retiró a las montañas de Subiaco. Imitando el ejemplo de otros afamados anacoretas, huyó de la ciudad en busca de soledad y recogimiento como ayuda a su vida cristiana. En su inexperiencia juvenil como anacoreta le ayudó el anciano monje Román. Pronto se le unieron otras personas hasta llegar a formar una colonia de doce pequeños monasterios. Estas experiencias de ermitaño y de vida comunitaria acabaron fracasando, pero le dieron una madurez que se refleja en su siguiente etapa. Rondaba ya los cuarenta años de edad, cuando abandonó Subiaco con el empeño de construir una escuela del servicio divino en la que, guiado por el evangelio, el monje busque sinceramente a Dios con la ayuda de sus hermanos. Estas fueron las claves que le empujaron a fundar un nuevo monasterio en la montaña de Casino, a 200 km de Roma, donde pasa el resto de sus días siendo el verdadero padre de su comunidad. Muere allí el año 547 dejando una impresionante fama de santidad y de guía espiritual de aquellos que, dejándolo todo, no anhelan otra cosa sino seguir a Cristo verdadero rey y Señor. 


Una Regla para monjes. »