martes, 20 de octubre de 2020
Biblioteca de Silos. Llevando un libro

Volver un paso atrás Escuchar el texto más menos Enviar por email Imprimir

64. La instalación del abad.

FOTO

 

Un administrador digno.
     1 En el nombramiento del abad téngase siempre como norma que sea instalado aquel a quien, según el temor de Dios, elige de común acuerdo toda la comunidad, o al menos una parte de la misma, reducida tal vez, pero con un criterio más sano. 2 Se elegirá al candidato teniendo en cuenta el mérito de su vida y la sabiduría de su doctrina, aunque se trate del último de la comunidad. 3 Pero si toda la comunidad de común acuerdo, Dios no lo quiera, elige una persona que consienta sus vicios, 4 y estos vicios de alguna manera llegan a oídos del obispo a cuya diócesis pertenece el monasterio, o de los abades o cristianos circundantes, 5 impidan que prevalezca la conspiración de los malvados y denle a la casa de Dios un administrador digno, 6 sabiendo que por ello recibirán un buen premio, si lo hacen limpiamente y por el celo de Dios, como por el contrario pecarán si se desentienden.

Le conviene más servir que presidir.
     7 Quien ha sido nombrado abad piense siempre en la clase de carga que ha recibido y a quién ha de dar cuenta de su gestión. 8 Sepa que su misión es más servir que presidir. 9 Es necesario que sea conocedor de la ley divina para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas. Que sea casto, sobrio y misericordioso, 10 y siempre prefiera la misericordia a la justicia, para que también él la consiga. 11 Odiará los vicios y amará a los hermanos. 12 Sea prudente al corregir y no se exceda, no sea que por raer demasiado el orín se rompa la vasija. 13 Tenga siempre presente su propia fragilidad y recuerde que la caña cascada no la quebrará. 14 Con esto no decimos que deje crecer los vicios sino que con prudencia y caridad los desarraigue, viendo lo más conveniente para cada uno. 15 Y procure ser más amado que temido.
     16 No sea agitador ni ansioso, no sea exagerado ni terco, no sea envidioso ni suspicaz, porque nunca tendrá paz. 17 En sus mismas disposiciones sea previsor y prudente y, ya deba decidir sobre cosas de Dios o asuntos humanos, discierna y sea moderado, 18 pensando en la prudencia del santo Jacob que decía: Si fatigo mis rebaños haciéndoles caminar más, morirán todos en un solo día. 19 Recordando, pues, éstos y otros testimonios de la prudencia, que es la madre de todas las virtudes, disponga las cosas de tal modo que las acepten los aventajados y no se desanimen los débiles. 20 Y, sobre todo, observe en todos sus puntos esta regla 21 para que, habiendo cumplido bien su ministerio, oiga del Señor lo de aquel siervo bueno que a su tiempo distribuyó el trigo a sus compañeros: 22 Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes.


« 63. El orden de la comunidad. 65. El prior del monasterio. »