martes, 20 de octubre de 2020
Biblioteca de Silos. Estanterías

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65. El prior del monasterio.

Se creen segundos abades.
     1 Sucede con frecuencia que al designar al prior se originan graves escándalos en los monasterios, 2 pues hay algunos que, hinchados por un maligno espíritu de soberbia y creyéndose segundos abades, se vuelven tiranos, fomentan escándalos y crean divisiones en la comunidad. 3 Sobre todo en aquellos lugares en los que también eligen al prior el mismo obispo o abades que eligen al abad. 4 En seguida se ve lo absurdo que resulta esto, pues en la misma elección se le da motivo de engreimiento, 5 al imaginarse que está exento de la potestad de su abad, 6 diciéndose a sí mismo también tú has sido elegido por los mismos que eligieron al abad. 7 De aquí surgen envidias, altercados, calumnias, rivalidades, oposiciones, desórdenes; 8 pues al pensar de distinta forma el abad y el prior inevitablemente peligrarán sus almas por tal desacuerdo. 9 Y quienes les están sometidos, al adular a las partes, caminan hacia la perdición. 10 Toda la culpa de este peligro recae sobre la cabeza de aquellos que fueron los autores de tal desorden. 

Siendo muchos los encargados.
     11 Por eso nos ha parecido conveniente para mantener la paz y la caridad que corresponda al abad decidir sobre la organización de su monasterio. 12 Si es posible, se organizarán todos los servicios del monasterio por medio de decanos, según el criterio del abad, como ya se estableció, 13 para que, siendo muchos los encargados, ninguno se engría. 14 Pero si el lugar lo requiere, la comunidad lo pide razonablemente y con humildad y el abad lo juzga conveniente, 15 el abad nombre como prior a quien él mismo elija con el consejo de los hermanos que temen a Dios. 16 Dicho prior realizará respetuosamente lo que le haya mandado el abad, no haciendo nada contra su voluntad o mandato. 17 Pues, cuanto más encumbrado está sobre los demás tanto más debe observar con esmero las prescripciones de la regla. 18 Si se descubre que el prior es un vicioso, o ciegamente orgulloso, o se comprueba que menosprecia la santa regla, Adviértasele verbalmente hasta cuatro veces. 19 De no enmendarse, se le aplicará el castigo que establece la regla. 20 Y si ni así se corrige, entonces destitúyasele del cargo de prior y póngase en su lugar otro que sea digno. 21 Si después no permanece pacífico y obediente en la comunidad, sea incluso expulsado del monasterio. 22 Piense, no obstante, el abad que deberá dar cuenta a Dios de todas sus decisiones, no sea que la llama de la envidia o de los celos abrase su alma.


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