miércoles, 21 de noviembre de 2018
Biblioteca de Silos. Bernardo andando

Volver un paso atrás Escuchar el texto más menos Enviar por email Imprimir

58. Admisión de hermanos.

Si de veras busca a Dios.
     1 A quien llega por primera vez a la vida monástica no se le conceda fácilmente la entrada 2 sino, como dice el apóstol: Probad si los espíritus son de Dios. 3 Y, si el que llega persevera llamando y, tras cuatro o cinco días, se ve que lleva con paciencia las afrentas que se le hacen y la dificultad de la entrada y que insiste en su petición, 4 se le concederá la entrada y permanecerá unos pocos días en la hospedería. 5 Después vivirá en el noviciado donde los novicios estudian, comen y duermen. 6 Se les asignará un anciano que sea capaz de ganar almas y que se dedique a ellos con la mayor atención. 7 Se observará si de veras busca a Dios, si se interesa por el oficio divino, es obediente y sufrido en las humillaciones. 8 Adviértasele lo duro y áspero que es el camino hacia Dios. 9 Si promete decididamente perseverar, pasados dos meses, se le leerá por orden esta regla 10 y se le dirá: «Esta es la ley bajo la que quieres militar. Si puedes observarla, entra. Pero, si no puedes, vete con libertad». 11 Si se mantiene firme, le llevarán al dicho noviciado y de nuevo se pondrá a prueba su paciencia. 12 Pasados seis meses, léasele otra vez la regla para que sepa a qué viene. 13 Si insiste, pasados cuatro meses léasele por última vez la misma regla. 14 Y si, hecha su reflexión personal, promete cumplirlo todo y obedecer cuanto se le mande, entonces será admitido en la comunidad, 15 sabiendo que, como determina la regla, desde ese día no le está ya permitido salir del monasterio, 16 ni sacudirse el yugo de una regla que, después de tan prolongada deliberación, pudo rechazar o aceptar.

Prometa estabilidad, conversión y obediencia.
     17 El que va a ser admitido prometa en el oratorio delante de todos estabilidad, conversión de sus costumbres y obediencia 18 ante Dios y sus santos para que, si alguna vez actúa en contra, sepa que será juzgado por aquel de quien se burla. 19 De esta promesa redactará un documento en nombre de los santos cuyas reliquias están allí y del abad que está presente. 20 Lo escribirá de su puño y letra. Si no sabe escribir, pídale a otro que se lo escriba, trazando el novicio una señal y, con sus propias manos, lo pondrá sobre el altar. 21 Una vez depositado, entonará inmediatamente el mismo novicio este verso: Sostenme, Señor, con tu promesa, y viviré, que no quede frustrada mi esperanza. 22 Toda la comunidad responderá repitiendo tres veces este verso, añadiendo Gloria al Padre. 23 Luego el novicio se postrará a los pies de todos para que oren por él, y desde ese día considéresele miembro de la comunidad. 24 Si posee bienes, o se los da previamente a los pobres, o los entrega al monasterio mediante una donación formal, sin reservarse nada para sí, 25 sabiendo que desde ese día no podrá disponer ni siquiera de su cuerpo. 26 Inmediatamente después en el oratorio se le quitarán sus propios vestidos y le darán los del monasterio. 27 La ropa que se le quita consérvese en la ropería, 28 para que si algún día, por sugestión diabólica, determina salir del monasterio, Dios no lo quiera, sea despedido quitándole la ropa del monasterio. 29 No se le devolverá el documento que el abad tomó del altar, sino consérvese en el monasterio.


« 57. Los artesanos. 59. Oblación de niños. »